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Las mujeres tienen derecho a decidir qué les parece gracioso y qué no, sin que por ello las acusen de ser lesbianas recalcitrantes. O frígidas. O alemanas. Esto incluye el derecho a ir por la calle sola con gesto neutro sin temor a que algún desconocido te suelte un «¡alegra esa cara!» a voz en grito
